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Un diario invernal
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12 de diciembre - En la madrugada del día de la Guadalupana, nuestro jardín luce un vestido inédito. Por vez primera desde hace treinta y un años nieva en Torreón. Desde el día previo, una realidad se ha manifestado con toda claridad: los Laguneros no estamos preparados para estas sorpresas del clima. Nuestra casa, diseñada pensando en los fieros veranos del Desierto Chihuahuense, se ha convertido en un congelador ante esta súbita muestra del frío polar.
La gruesa cobija de la nieve cruje y rechina al ser pisada. El sonido de mis pasos, es puro, onírico e inquietante. Igual sucede con la poca luz, que en la oscuridad de las cinco de la mañana, rebota contra la ubicua blancura. Debajo de la nieve, en silencio, todo tipo de organismos sufren el aliento gélido del clima, luchando y perdiendo su lucha con el frío. Aún las ratas en el vecino lecho seco del Nazas la deben estar pasando mal. Para ellas, el largo basurero que cubre la división entre Torreón y Gómez Palacio, era hasta ayer una especie de paraíso terrenal con su desorden y su basura. Hoy, el frío y la nieve las obliga, como a todos los habitantes de la región, a darse de frente contra la atmósfera y sus caprichos.
A las once de la mañana aún nieva. Con más fuerza aún que en las horas previas. Durante más de doce horas el cielo se nos cae en pedacitos helados. De pronto, con un vuelo pesado y aleteos pausados, pasa en vuelo bajo una aguililla de cola roja (Buteo jamaicensis). Aún cuando se trata del más común de los buteos laguneros, la imagen de esta rapaz en medio de la mancha urbana no deja de tener un carácter sorpresivo y traslocado. Con gran esfuerzo la gran ave termina por posarse en la torre de la estación de televisión. Desde ahí esperará a que pase el temporal. Cuando amaine, su campo de caza, el río seco y sucio e hirviente de ratas estará blanco, dándole un contraste magnífico a toda presa que se aventure a caminar sobre su manto. La detección de la presa será facilitada por la blanquísima nieve. De alguna forma, este magnífico animal, sacará una ventaja enorme de lo que en un plano hubiera parecido un factor desfavorable y agresivo.
23 de diciembre - Mañana será la nochebuena y hoy sopla un viento norteño y despiadado por toda la región. Tampoco para el viento estamos preparados los laguneros. Nuestras calles amanecieron cubiertas por las hojas resecas por las heladas recientes que el viento ha arrancado de las secas ramas de los árboles. Ya mañana la prensa dará cuenta de los cortos circuitos, de los árboles caídos y de los anuncios arrancados por el fuerte viento. Hoy mi oído se entretiene con la gris música de las hojas del aguacate y de las buganvilias, mustias y secas, frotándose unas contra las otras.
El viento tiene una gran ventaja para unas ciudades como las nuestras, despeja los humos y los polvos y nos regala el magnífico espectáculo del azul profundísimo en el cielo. Hacia el mediodía de la víspera de la víspera de navidad, ese azul, regalo del viento, conspira para darnos el regalo de la aguililla de cola roja inmóvil en el firmamento. Así como ya aprovechaba antes el blanco suelo nevado, hoy los chorros invisibles del espacio le dan sustento para que, posada sobre una percha invisible, otee el fondo del seco Nazas buscando víctimas para su hambre.
Llueva, truene o relampaguee es el lema canónico que adjudicamos a los carteros. Igualmente podemos colgárselo a la aguililla suspendida en el vendaval de hoy y aguzando la mirada contra el blancor níveo de ayer. Como sus congéneres, esta aguililla sintoniza su conducta con lo que el día le ofrezca. En ello se le va la vida cuando se vive en la orilla, al día y al minuto. Como la rata del basural del Nazas contrasta contra la desubicada nieve, así resalta la armonía de la rapaz y el medio con la desadaptación del lagunero, y en general del citadino, con el ambiente. La ciudad, la civilización, la modernidad no solo nos expulsó del jardín sino que nos aleja cada vez más de él. Pero la observación del reloj de la naturaleza, encarnado en esta rata y esta aguililla de cola roja irrepetibles e individuales, nos da la ventana desde donde atisbar la verdad natural del sitio donde tenemos plantados los pies.
25 de diciembre - Navidad. Amanece frío y en silencio tras la ruidosa noche de gritos y cohetes. La fascinación con la luz y el estruendo debe responder a nuestros impulsos más atávicos. Recreamos la tormenta y el asombro de manera pequeña, artificial y domada.
Nueve kilómetros de carrera agitada por las calles de una ciudad fría, soleada y desolada es un regalo. Solo en una fecha así se conciben calles desiertas a las nueve de la mañana. De alguna forma la ciudad se entona con el entorno que arrogantemente creemos vencido. La ciudad es un desierto hoy, menos por los pájaros. Los diversos ictéridos que partieron de la ciudad temprano, las tórtolas y palomas que hacen de la ciudad su campo de juegos, el halcón peregrino que las observa desde las sombras.
Aún gozando la quietud voy estirando los músculos en el jardín. El dolor que viene de pedirle al tendón un movimiento diferente al que ha estado realizando durante la carrera, alimenta una suerte de memoria fisiológica. Me recuerda de una forma inequívoca a mi propio cuerpo. En el silencio de la ciudad, de mi casa y mío, un chipe de Audubon cae inadvertidamente por mi mora triste y helada. Es el decimotercer invierno que registro que este chipe, del amenazado género Dendroica, llega a mi jardín desde su lejano hogar norteño. Tarda poco en advertirme y en huir despavorido al jardín del vecino. En la huida me muestra la amarilla raíz de su cola, anunciando, junto con su alarmado chip y su corona de oro, su filiación inequívoca al colectivo de los Dendroica coronata.
No solo las celebraciones decembrinas, provenientes de una cultura asimilada, impuesta o sobrepuesta, recuerda el paso del tiempo. El chipe que ha vuelto a la cita, atestigua la naturaleza circular, ¿espiral?, del tiempo. Algo que entiende mejor la otra vertiente cultural que nos alimenta desde el fondo de los tiempos y que insistimos en acallar con un barniz de occidentalidad o de supuesto mestizaje.
11 de enero - El clima sigue siendo un yoyo cuyas excursiones parecen ahora ser más profundas, más bruscas y más caprichosas que en otros inviernos. Ha vuelto el clima suave e ideal que permite salir a correr por las calles de Torreón en camiseta. Las calles del centro están desiertas y calladas, bañadas por el suave calor del sol decembrino. Las sombras son frescas y el panorama sería idílico si no fuera por la nube biliosa que la inversión térmica ha arrinconado contra los cerros de la Sierra de las Noas. Esta es la estampa que tengo de los domingos laguneros de mi niñez. Por alguna causa misteriosa, todos los domingos me parecían días espléndidos. De lunes a sábado había un tiempo raro, carente de la calidad esplendorosa que el domingo tenía.
Y es curioso como entonces mezclamos las características del clima con las del ánimo. No existe otro aspecto de la realidad física que integremos de manera tan íntima con los sentimientos. Y sucede que el clima se pega al alma como ningún otro factor. Recuerdo también que había días, cuando vivía en la Ciudad de México, que de pronto me encontraba inexplicablemente liviano, alegre. Esto siempre ocurría en días soleados de cielo imposiblemente azul. En la última mitad de la década de los setentas estos días aún no eran tan raros como lo son hoy en el Valle de México, y yo tendía a asociar mi súbita alegría con la estampa de los volcanes en el horizonte. Desde mis tardes en el aula del tercer piso de la colonia Tránsito, la Montaña Humeante y la Mujer Blanca eran un espectáculo que se desarrollaba, envuelto de cierto drama natural, en el oriente que poco a poco se tornaba oscuro.
20 de enero - Las inversiones térmicas están en su apogeo en Torreón. No nos ayudan la pared que forma la Sierra de las Noas al sur de la ciudad. En medio de la nata amarillenta, en lo alto de la antena de Telecomunicaciones, tan despoblada por los esfuerzos privatizadores del gobierno, está un halcón peregrino escudriñando el aire entre él y el suelo. Las palomas se acurrucan unas contra otras en el copete de las casas de ladrillo de principios de siglo. Ni soñar con volar y arriesgarse a un encontronazo con las garras rapaces del halcón.
21 de enero - Salgo a correr después de que el sol se ha ocultado. Mi carrera me lleva por las orillas sucias y negras del seco Nazas. De pronto, mientras sigo el trazo de la carretera que discurre paralela al río, aprecio a mi izquierda una lenta y pálida sombra. Pronto me doy cuenta que es un tecolote. Me detengo de súbito, el tecolote se detiene en un palo cinco metros adelante. Poco a poco y con lentitud, me acerco para aventurar una identificación. El tamaño, las piernas largas y el plumaje me hacen ver, aún en el amarillo resplandor de la lejana lámpara de sodio, que se trata de la lechuza joyera (Athene canicularia), llamada así por los campesinos laguneros por tener la costumbre de vivir en hoyos de madrigueras abandonadas por ardillas o topos. En su particular manera de pronunciar, estos agujeros son llamados "joyos" por mis paisanos, ergo "joyera".
Es curioso como la tendencia entre los ornitólogos y sus organizaciones es buscar, y promover, nombres comunes estandarizados. La preocupación por la conservación de la biodiversidad camina al lado de un intento de uniformizar la cultura. La variedad de nombres puede verse en un plano como abono para la ambigüedad y la confusión, pero preservar esta diversidad trae a la superficie una textura cultural invaluable no solo de manera anecdótica sino también biológica. En la lengua Nahuatl del centro de México esta lechuza es llamada zacatecolotl, o lechuza del pasto, quizá por su abundancia en los pastizales donde se asocia con los pequeños mamíferos que aquí viven. El Nazas que discurre en la zona conurbada de la Laguna, separando a Torreón de Gómez Palacio, difícilmente puede llamarse pastizal, pero si es una zona que la lechuza joyera debe apreciar. Los bancos arenosos contienen una buena cantidad de madrigueras y la basura de la ciudad hace que abunde el alimento en forma de ratas y ratones.
Tras de un momento de quietud, la lechuza joyera se aleja hacia el lecho arenoso y oscuro del Nazas volando a no más de cincuenta centímetros del suelo, silenciosa y fantasmagórica.
25 de enero - La nieve del 12 de enero y las heladas que le siguieron han dejado a la morera de dos años de edad y al granado de veinticinco, totalmente desprovistos de hojas. Mientras me estiro después de mi carrera larga de domingo, me pregunto si acudirán a la cita de la primavera con su motín de yemas y de hojas, si estarán en el verano dando sombra y frutos en el verano sahariano del Bolsón de Mapimí.
Mis dudas se interrumpen por la aparición, en medio de chillidos sonoros y relámpagos amarillos de su cola, de otro chipe de Audubon (Dendroica coronata). Es este un pájaro que nunca ha fallado a su cita invernal. Constante y fiel a los ciclos del planeta, no como los notoriamente ausentes chinitos (Bombycilla cedrorum) que desde marzo de 1995 no se ven por estos parajes.
Para cualquier informacion, sugerencia o comentario, comunicarse con Francisco Valdes-Perezgasga a fvaldes@itlalaguna.edu.mx
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