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How to involve local populations in the ecotourism process (Como involucrar a las poblaciones locales en el proceso ecoturistico)

Photo: Real de Catorce

From the archives: Como involucrar a las poblaciones locales en el proceso ecoturistico (How to involve local populations in the ecotourism process), part of the book Ecoturismo, Naturaleza y Desarrollo Sostenible (Ecotourism, Nature and Sustainable Development), Mexico City: Editorial Diana, 1998 by Hector Ceballos Lascurain

Ya se ha señalado anteriormente que el ecoturismo se caracteriza por ser un proceso multisectorial. Un sector cuya participación es vital y que lamentablemente hasta ahora ha tenido, en general, poco involucramiento es el constituido por las comunidades locales que habitan en o cerca de las áreas protegidas. En muchos países, las comunidades locales de áreas rurales constituyen usualmente los grupos menos prósperos de la sociedad. Su involucramiento en actividades de ecoturismo podría contribuir en mucho a mejorar su situación económica y elevar su nivel de vida en general.

En virtud de que dichos grupos humanos normalmente han tenido una larga permanencia en su región respectiva – especialmente los grupos indígenas -, muchos de sus miembros (sobre todo los de mayor edad) poseen vastos – aunque empíricos – conocimientos en relación a su medio ambiente natural y a las tradiciones locales. Por tal motivo, con un poco de capacitación, los habitantes locales pueden convertirse en excelentes guías ecoturísticos. La habilidad para la caza de muchos de ellos (lo cual les ha permitido adquirir un gran conocimiento sobre la fauna silvestre y su entorno natural) puede ser utilizada para la localización de especies esquivas o raras, lo cual será altamente valorado por los ecoturistas, especialmente los observadores de aves. Al cambiar la escopeta por unos binocularess o un telescopio se le dará una nueva opción vivencial y de sustento a muchos habitantes locales que quizá tengan pocas opciones económicas viables.

En fechas relativamente recientes, el ecoturismo ha sido reconocido como un útil instrumento de desarrollo. Los visitantes que son atraídos a una área natural requerirán de una variedad de servicios durante su estadía. Las diferentes modalidades del turismo basado en la naturaleza están frecuentemente centradas en áreas más o menos aisladas o de difícil acceso que, por diversos motivos, han sido dispensadas de los estragos de la “civilización”. Frecuentemente, para las personas que habitan estas áreas se presentan pocas opciones de desarrollo aparte del turismo. Existen otras áreas de larga tradición agrícola y/o pecuaria donde estas actividades están pasando por etapas críticas o de franca decadencia. En estos casos el ecoturismo puede presentarse como una opción adicional de generación de empleos y de ingresos.

La explotación directa de los recursos naturales de estas áreas muchas veces se presenta como no viable desde el punto de vista económico o resulta política, científica o socialmente inaceptable. Pero un turismo bien manejado y de bajo impacto (es decir, el ecoturismo) puede requerir tan sólo una inversión mínima e imponer una carga ligera sobre el medio ambiente y la sociedad local. Es importante señalar que no deberá concebirse al ecoturismo ni como panacea ni como actividad única de una comunidad rural. Deberá constituir una actividad complementaria de otras de índole tradicional que ya practican los habitantes locales. De no ser así se puede caer en un tipo de “monocultivo” que podría ser desastroso, ya que la actividad turística puede sufrir fluctuaciones bruscas, muchas veces por factores totalmente externos e inclusive de carácter mundial (recesión, disturbios políticos, guerras, catástrofes naturales, etc.). Además, se podría caer en el contrasentido de que pronto los habitantes rurales ya no están generando sus alimentos y tienen que empezar a traerlos de otro lugar. Es bien sabido que, debido a los ciclos agrícolas, hay períodos ociosos para los campesinos. Se pueden aprovechar dichos períodos ociosos para que durante ellos los habitantes del campo se dediquen primordialmente a actividades ecoturísticas, evitando la necesidad de la migración estacional o permanente a la ciudad.

A fin de cuentas, quienes deberán decidir sobre el involucramiento de alguna población local determinada en el proceso ecoturístico, son los representantes de dichas comunidades y los propios individuos interesados. Sólo en el caso de que la decisión sea afirmativa, entonces las autoridades del parque nacional en cuestión deberán tomar una serie de medidas que coadyuven al buen éxito de esta empresa.

Es indudable que el objetivo principal del involucramiento de la población local en el ecoturismo es que este proceso les brinde oportunidades concretas de beneficio socioeconómico dentro de patrones de sustentabilidad. De esto dependerá que los habitantes locales verdaderamente respeten el recurso primordial en que se base el ecoturismo, que es un ecosistema natural lo menos disturbado y degradado, incluyendo a su fauna y flora nativas.

Para que exista una participación idónea de las diferentes poblaciones rurales en el proceso ecoturístico de México hacen falta programas muy ambiciosos de asesoría, concientización y capacitación, los cuales en gran medida deberían ser subsidiados por las empresas turísticas que allí operan o piensan operar.

Una parte importante de los beneficios surgidos del ecoturismo podrían destinarse a mejorar el nivel de vida de las comunidades locales, mejorando los servicios públicos y educativos. La educación de adultos (enfatizando aspectos de concientización ambiental) podría ser también parte del proceso ecoturístico a nivel nacional.

En numerosos casos existe una enorme brecha cultural y económica entre la mayoría de los ecoturistas que llegan a sitios de gran significación ecológica o notable belleza natural (para ellos exóticos) con el fin de disfrutar y apreciarlos y ser estimulados por nuevas vivencias, y aquellas personas que viven ahí y que trabajan con enormes esfuerzos muchas veces para apenas sobrevivir. En muchas zonas subdesarrolladas que se encuentran próximas a áreas protegidas, existen grandes presiones sobre el ecosistema natural, ejercidas por personas que necesitan utilizar dichas áreas naturales a fin de subsistir. Es por ello que el ecoturista que llega a dichos sitios tiene una gran responsabilidad moral tanto para con el área como con los habitantes locales. El potencial del ecoturismo para cambiar las vidas de las comunidades locales y de los recursos naturales es tan grande y a veces la disparidad de condición económica entre lugareños y visitantes tan notoria, que el ecoturismo debe ser interpretado como algo más que un atractivo negocio o el privilegio que tienen algunos afortunados en observar una especie rara de fauna silvestre antes de que ésta desaparezca para siempre.

Resulta improcedente el pedirle a las comunidades rurales locales que mantengan sus tradiciones tan sólo para solaz y agrado de los turistas. Muchas tradiciones, sabiduría sobre la naturaleza, conocimientos y prácticas ancestrales sobre agricultura y patrimonio cultural podrán ser conservados si se deja a los propios habitantes locales la decisión sobre qué tanto contacto desean tener con forasteros, así como dónde y cuándo. En ese sentido, el ecoturismo habrá de ser visto como lo que realmente es: una herramienta potencialmente útil para un desarrollo rural localmente dirigido y la protección de ecosistemas naturales. Los beneficios económicos que obtenga la comunidad local quizá no sean espectaculares en términos absolutos, pero a nivel local y en términos relativos pueden significar un ingreso adicional de gran importancia. Habrá que enfatizar que los beneficios no sólo deberán ser de orden monetario sino que se podrá establecer un proceso de enseñanza-aprendizaje que funcione en ambos sentidos, con lo que lugareños y visitantes se enriquezcan mutuamente.

Habrá que involucrar de muy diferentes maneras a la población local en el proceso de conservación del patrimonio natural y cultural de un área protegida, para que sientan que es de ellos dicho patrimonio. A semejanza de lo que se ha hecho ya en varias áreas protegidas de nuestro país, con gran éxito, se podría impulsar la creación de ONGs denominadas “Amigos del Parque Nacional X”. Se podrían buscar mecanismos para que aquellos ecoturistas que lo deseen puedan hacer aportaciones económicas (y de otro tipo) a este tipo de organización (de hecho, en muchos otros países ya está ocurriendo esto, con mucho éxito).

Si no se logra involucrar de manera efectiva y directa a los pobladores locales en el proceso ecoturístico, de manera de que éstos obtengan beneficios tangibles, entonces dichos grupos se convertirán en los primeros enemigos del área protegida en cuestión y de toda actividad ecoturística que se pretenda desarrollar ahí, presentando todo tipo de obstáculos y oposición.

Es evidente que a las autoridades de cualquier área protegida de nuestro país les interesa que el desarrollo turístico en la región siga patrones sostenibles y no el modelo destructivo y degradante que ha caracterizado a muchas partes de México. Por ello, existen razones poderosas para que se hagan esfuerzos a fin de estimular actividades y empresas apropiadas de ecoturismo en que se involucre a las comunidades y empresarios que viven y trabajan en o cerca de áreas protegidas. Esto no sólo propiciará que un mayor porcentaje del gasto turístico permanezca en la economía local, sino que también coadyuvará en garantizar una efectiva participación de los habitantes locales en actividades de apreciación y conservación de su propio entorno.

Según el ecólogo norteamericano George Wallace, el turismo puede verdaderamente llamarse “ecológico” y “ético” cuando logra lo siguiente (Wallace, 1992):

a) Se llega a una percepción de las áreas naturales tanto como “un hogar para todos nosotros” en un sentido planetario como “un hogar para los residentes locales” en su significado específico.

b) Conduce a un tipo de uso que minimiza los impactos negativos tanto en el medio ambiente natural como en los habitantes locales.

c) Contribuye a la gestión de las áreas protegidas y a mejorar los vínculos entre las comunidades locales y los administradores de dichas áreas protegidas.

d) Propicia beneficios económicos y de otra índole para los habitantes del lugar y maximiza su participación en el proceso decisional que determina el tipo y la cantidad de turismo que debe ocurrir.

e) Promueve una auténtica interacción entre visitantes y anfitriones, así como un interés genuino en el desarrollo sostenible y la protección de áreas naturales tanto en el país que se visita como en el país de origen del turista.

f) Suplementa o complementa prácticas tradicionales (agricultura, ganadería, pesca, sistemas sociales, etc.) sin marginarlas o intentar reemplazarlas, con lo que se fortalece a la economía local y la hace menos susceptible a cambios bruscos internos o externos.

g) Ofrece oportunidades especiales para que los habitantes locales y los empleados de agencias turísticas puedan también utilizar de manera sostenible las áreas naturales y aprender – y apreciar – más sobre las maravillas que los visitantes foráneos vienen a conocer.

Sin duda, el éxito económico que obtenga la comunidad local a través de su participación en el ecoturismo contribuirá a un mayor apoyo por parte de ésta a la preservación del área protegida, lo cual constituye un elemento crucial en todo plan conservacionista.

Mediante la generación de un flujo económico continuo significativo y claramente identificable a partir de un área protegida, el turismo puede promover el argumento en pro de la conservación ante los gobiernos y otras partes involucradas, tanto en los sectores público como privado de la economía. El argumento dependerá del grado de visibilidad de la vinculación entre la conservación y la mejoría en los resultados de la industria turística. Si el vínculo es poco visible o inexistente, entonces los esfuerzos para promover la conservación basados en su ‘beneficio económico’ serán poco efectivos o contraproducentes. En este contexto se ubica también el argumento de que el ecoturismo puede estimular un amplio apoyo público hacia la conservación.

La comunidad local habrá de percibir el medio ambiente como algo digno de ser conservado y los lugareños deberán desear compartir su ecosistema natural con los turistas, lo cual implicará sin duda algunos sacrificios y adaptaciones, así como renunciar a ciertas prácticas usuales. La comunidad tendrá que convencerse que el turismo puede mejorar su calidad de vida, lo cual no siempre resulta fácil. Aunque el dinero pueda ser el incentivo, muchas comunidades no desearán cambiar y cualquier iniciativa que se tome para causar una disrupción en su vida cotidiana podrá ser vista con suspicacia. En el caso de que el ecoturismo llegue a un área protegida contigua sin que la población local lo haya consentido, es probable que en la comunidad se acentúe una predisposición negativa hacia dicha área protegida, surgida quizá desde el establecimiento inicial del parque, con lo que se pueden haber eliminado opciones en cuanto al uso de la tierra. Si el ingreso económico habrá de ser uno de los principales incentivos del ecoturismo, entonces la manera en que este dinero (y sus beneficios) sea distribuido entre la comunidad definirá el grado de éxito del turismo como un instrumento de conservación y desarrollo
sostenible.

En la mayoría de las áreas con potencial ecoturístico cualquier esfuerzo que se haga por ganar el apoyo de la población lugareña para la conservación de los recursos naturales deberá realizarse no sólo mediante la contratación y adiestramiento de los habitantes locales para que se desempeñen como guardaparques, guías ecoturísticos o prestadores de algún otro servicio, sino también a través de mecanismos para modificar patrones insostenibles de agricultura, ganadería o pesca, para intensificar la producción en áreas aledañas a las protegidas y para mejorar servicios públicos de vialidad, salud pública, educación y agua potable.

La designación de un área protegida puede ayudar a salvar los recursos naturales que de otra manera se perderían irremisiblemente por intereses (frecuentemente externos) de explotación forestal, minería, agricultura intensiva corporativa, o por invasiones de grupos humanos que buscan tierra – situaciones que difícilmente la población local o el sector privado pueden encarar sin intervención de las autoridades oficiales.

En general, es recomendable la aplicación de políticas que fomenten las iniciativas y empresas a nivel local, en el seno de las comunidades que habitan en las áreas protegidas o cerca de ellas. Esto obviamente se debe a que las pequeñas empresas locales, propiedad de los lugareños y empleando mano de obra local, propiciarán que una mayor proporción de los ingresos generados por el turismo se quede dentro de la economía local. El involucramiento efectivo de la población local en empresas ecoturísticas la impulsará a mostrar un mayor interés en la conservación de su medio ambiente. En muchos casos los lugareños tienen el control o la propiedad de terrenos o edificios cuyo manejo es de vital importancia para el patrimonio natural o cultural del área y que poseen un alto valor turístico. Un ejemplo específico es lo que se llama “agroturismo” o “turismo rural”, que está teniendo gran éxito en varios países europeos y Norte América, fenómeno que puede estimular a los granjeros o agricultores a gestionar su tierra de una manera más acorde con la conservación ecológica. Pero quizá en México aún estemos muy lejos de que el agroturismo tenga éxito, por las grandes diferencias de nivel cultural y económico entre el habitante del campo y el turista, y la falta de una infraestructura que brinde suficiente comodidad al vistante.

Es evidente que la acción conjunta de varias empresas pequeñas locales puede llegar a ejercer una influencia política considerable; si adoptan un enfoque verdaderamente ecoturístico ello revertirá en favor de la conservación. Asimismo, las empresas fincadas dentro de las comunidades locales pueden proporcionar a los visitantes un mejor acercamiento a – y apreciación de – la identidad cultural del área y su historia.

Es muy importante el proporcionar apoyo económico y técnico a operaciones modestas en las áreas rurales, ya que en éstas normalmente no hay suficiente capital ni la experiencia y habilidades requeridas para poner en marcha una empresa ecoturística y proporcionar los servicios que demandan los ecoturistas. Aún pequeñas cantidades de capital pueden tener efectos significativos en el empleo y recursos locales. Esta modalidad de inversión también tenderá a mantener los beneficios económicos dentro de la economía local. En México, FONATUR ha realizado este tipo de esfuerzos en diversas localidades (dos casos concretos son Mazunte en Oaxaca y Los Altos de Chiapas).

Muchas comunidades requerirán, además de apoyo financiero, de una amplia gama de otros servicios a fin de adquirir las habilidades necesarias para atender las demandas de los turistas. Dichos servicios incluyen – pero no se limitan a – aspectos de capacitación, mercadotécnicos, administrativos y de conocimientos ecológicos. En todos los casos habrá que equiparar el negocio con la situación específica. Si el área protegida impone límites al número de visitantes, las empresas turísticas tendrán que realizar sus planes consecuentemente. El grado de turismo determinará los posibles rendimientos a partir de la inversión. Por debajo de un cierto límite se antoja que una empresa no pueda efectivamente promover sus actividades. Potencialmente, esta barrera puede superarse a través de esfuerzos promocionales conjuntos o arreglos cooperativos mediante los cuales los diferentes prestadores de servicios complementarios entre sí ofrezcan sus servicios como ‘paquetes’. Recordemos que el ecoturismo no puede ser intensivo (altamente concentrado en un lugar determinado) pero sí extensivo (es decir, distribuido racionalmente en un amplio territorio).

Los beneficios a partir del turismo pueden incluir el incremento de una ética conservacionista entre la población local que surja a partir de su percepción de que el área protegida le brinda ventajas. El fomento de la preservación del medio ambiente obviamente será un factor vital en el desarrollo de un turismo sostenible.

A fin de coadyuvar al logro de lo anterior, los siguientes cuatro lineamientos pueden resultar útiles:

a) dar a conocer experiencias exitosas tenidas en otros lugares,
b) fomentar iniciativas conjuntas entre las diversas empresas,
c) suministrar un enfoque mercadotécnico de “sombrilla” (es decir, integrado) y
d) ofrecer servicios locales de asesoría e incentivos financieros.

Se recomienda que las autoridades de las diversas áreas protegidas en nuestro país incentiven a los habitantes locales para que se organicen en comités a fin de discutir y decidir sobre el nivel y tipo de turismo que desean para su región. Se puede brindar asesoría y capacitación a personas que deseen ofrecer servicios a pequeña escala de alojamiento, guiado de turistas, alimentos y artesanías. Este esquema obviamente distribuirá los ingresos del turismo de una manera más equitativa entre la población residente. También se deberá persuadir a los operadores turísticos externos para que se respeten normas y tradiciones locales mientras permanezcan en la región con sus turistas.

En algunas áreas donde el ecoturismo se ha convertido en una empresa exitosa – como, p. ej., en las Islas Galápagos – ocurre que parte del personal que fungía de guardaparques, debido a falta de incentivos y bajo nivel salarial, ha estado abandonando sus cargos, prefiriendo cerrar filas con la industria turística, ya sea trabajando como guías o en el negocio de restaurantes. Esto nos señala la necesidad de un manejo de áreas protegidas innovador que permita que una parte significativa del ingreso producido por el turismo beneficie a la administración del parque y a sus empleados y frene la deserción de éstos.

Planeta.com

Hector Ceballos-Lascurain

Exploring Ecotourism

Colibri Ecotourism Award

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